Ana Maria

Maltrato y trabajo infantil, un testimonio de un drama cotidiano

Según el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en 2016 se registraron 7.732 casos de maltrato a menores de edad. Los niños y niñas más afectados están en el rango entre 0 a 6 años. El testimonio de Ana María Gómez* es un ejemplo de esta problemática que sufren miles de menores en el país.

“Era una tarde de los años 70. Mi hermana Carmen y yo estábamos haciendo una siesta. No recuerdo cuál era la fecha exacta porque estaba muy pequeña, pero probablemente tenía unos cinco años.  Mi hermana, siete. No se me olvida que en ese día en particular el hambre era tan intensa que yo podía oír cómo me sonaban las tripas.

Mi madre nos despertó con una noticia que cambiaría el destino de mis tres hermanas y el mío. Dijo que teníamos que irnos con unas señoras que había conocido por donde vivíamos, que en ese entonces era Santa Cruz. Ellas venían mucho al barrio a repartir mercados para pobres como nosotros, aunque yo siempre he creído que pobres no éramos. Aunque teníamos necesidades, éramos millonarios en espíritu y honradez.

Éramos siete hermanos, muy unidos. Íbamos siempre juntos hasta el Centro de Medellín. Como era muy estaba pequeña no sabía hacia dónde nos dirigíamos, solo seguía a mis hermanos sin importar que nos tocara caminar largos trayectos con los pies descalzos. Cada uno llevaba una bolsa para recoger de las canecas los restos de comida que encontrábamos en mejor estado. Luego se las llevábamos a mi mamá y las cocinábamos en leña en nuestro rancho.

Las señoras con las cuales nos iríamos se llamaban Ruth y Mila Arizmendi. Mi mamá nos explicó que teníamos que irnos con ellas porque nos darían educación. Tendríamos una mejor vida. Nuestra reacción fue llorar. Preferíamos seguir en esas condiciones antes que separarnos de nuestros hermanos. De hecho, ellos eran los únicos que tenían estudios, porque mi mamá había podido pagarlos con lo poco que ganaba trabajando en un bar todas las noches.

Sentíamos tristeza porque entendíamos lo que estaba ocurriendo. Íbamos a vivir con personas desconocidas. Ya no estaríamos juntos para enfrentar los problemas. Ya no tendría cerca de mi hermana mayor, Olga, la que se encargaba de protegernos y de cuidarnos, la que con su protección, de hecho, consiguió que mis hermanos y yo llegáramos bien a Medellín. Eso fue en el año 1960, cuando yo tenía apenas un año. La chusma (guerrilla) fue hasta nuestra hacienda en Cañas Gordas, en la vereda Cuchilla Larga, un lugar muy bonito con un extenso terreno. Fue allí donde asesinaron a machetazos a mi padre y a mi hermanito, que estaba bebé. Solo porque mi papá no respondió si era liberal o conservador. Aunque lo hubieran matado de todas maneras. Mi mamá tuvo la suerte de escaparse, igual que nosotros, gracias a que Olga se dio cuenta que nos iban a matar y nos escondió en los cañaduzales. Ahí estuvimos tres días y sobrevivimos gracias a que había yucas y plátanos. Cuando todo se calmó, pudimos largarnos de allí.

En esa tarde después de haberme ido del barrio lloré mucho por la incertidumbre de no saber cuándo volvería a ver a mis hermanas. Al llegar a la casa de las Arizmendi me asombré mucho: para mí fue un asombro ver una casa tan grande y tan bonita. Nada tenía que ver con el rancho en donde vivíamos en Santa Cruz, que por cierto lo había levantado mi mamá junto a mis hermanos a punta de cartón y latas. Era muy diferente. Esta tenía dos pisos, y una jardinera a la entrada, recuerdo que estaba detrás del colegio San Ignacio.

Lo primero que me dieron fue agua panela con leche. Me pareció deliciosa. Nunca había tenido la oportunidad de probar semejante bebida. Recién llegué, era tan tímida que ni siquiera quería subir al segundo piso donde vivía doña Lola, una mujer ya mayor y enferma. Entonces no podía ni imaginarme que la iba a querer tanto, porque realmente fue mi mamá de crianza. Era muy amorosa y siempre estaba pendiente de mí. Jamás me tocó ni un pelo ni me humilló. Desde esa primera noche me hizo sentir muy cómoda. Me decía que me subiera a donde estaba ella, que no me iba a pasar nada, que la acompañara a ver desde la ventana laguna tan bonita que había esa noche.

Para mi mala suerte, los días fueron pasando y trabajar en el primer piso con las Arizmendi se volvió una tortura. Ellas me imponían la perfección del aseo. No les importaba que fuera una niña de cinco años. Me despertaban cuando todavía estaba oscuro. Antes de que saliera el sol tenía que estar en la cocina, me ponían un tarro bajo los pies para que pudiera estar al nivel de la loza para lavarla. No entendía por qué estas señoras me corregían a punto de correazos, palabras vulgares y humillaciones. No soportaban que yo no fuera capaz de lavar bien un montón de ropa que era más grande que yo. También era un desastre con otras labores domésticas, porque no sabía cómo hacerlas. Así fue como empezaron a criarme. Pero jamás toqué un cuaderno, siempre estuve en la cocina y no en la escuela como estaba previsto.

Un día la señorita Ruth me pegó con su bacinilla, me arrojó los orines. Mi mamita Lola, desde el patio, vio lo que estaba ocurriendo e intentó defenderme llevándome para el segundo piso donde estaba su cuarto. Pero el infierno lo conocí realmente cuando Lola murió. Ya estaba más grande, pero me sentía desamparada y sola. Mi mamá me había abandonado. La familia Arizmendi le pagaba por mi trabajo, y me dolía que mi mamá recibiera el pago sin siquiera visitarme o sacarme los domingos como lo hacía con mis hermanas, que muchas veces llevaba al zoológico o al Parque Norte.

Las Arizmendi me llamaban “bollo negro” o “hija de puta”. Yo le pedía a Dios que me ayudara a morir. No tenía ganas de vivir. Me intenté suicidar dos veces pero sin éxito: la primera vez, tomando un líquido para las matas, y la segunda, , mezclando petróleo, que era un objeto de uso común en la casas, con unas pastillas que tenían las señoras. Pero el efecto fue solo un tremendo dolor de estómago y ganas de vomitar.

La señora Mila me ponía a lavar de rodillas los tres patios de su casa hasta que quedaran blancos. Luego me llevaba a la casa de su hija Noemí, que tenía doce hijos, para que yo les cocinara. Pero nunca quedaba comida para mí y tenía que aguantarme el hambre mientras lavaba las ollas. Dos de los niños fueron como un par de angelitos: me dejaban los sobrados sin que la señora se diera cuenta. Sin embargo, cuando ella acababa primero, cogía los sobrados de todos y se los daba al perro. Y tal era mi desespero que le robaba la comida al perro, pero la señora se dio cuenta y se lo llevó a comer arriba. Por esto ahora digo que hubiese sido preferible vivir en la calle que haber soportado semejante mal trato.

Hubo algo que cambió mi manera de pensar. Fue en la casa de doña Mila. Habitualmente yo lavaba el baño que quedaba bajo las escalas, pero cuando yo me iba a disponer a limpiar el sanitario, vi una rata muerta, grande y peluda. Era repugnante. De inmediato retrocedí y sabía que no estaba dispuesta a sacarla. Eso lo tenía muy claro, así me pegaran con lo que fuese. Cuando doña Mila me ordenó que la sacara y yo le desobedecí, ella sin pensarlo me agarró de la cabeza, me metió la cara en el sanitario y luego cogió unas tijeras. Me cortó mi largo cabello.

Era tanta mi ira que salí corriendo. Cuando llegué a la puerta, apareció el nieto de doña Mila –se llamaba Jaime– y me tiró la puerta en las narices, fracturándome el brazo. Bernardo, el hijo de Mila, era médico, me atendió. Lo estimo porque me defendió y me ayudó las dos veces que quise suicidarme. Él me curó las heridas que me ocasionaba su madre. Siempre le oí decirle que me dejara tranquila, que yo iba a ganar mucho resentimiento y que si alguien se enteraba de cómo me maltratan podían meterse en un gran problema. Pero no le importó. Entonces entendí que no me podía quedar más allí y que a la primera oportunidad me iría. Creo que me escapé con 14 o 15 años, un día que la señora me mandó a comprar unos almuerzos. Y yo, en vez de ir a la tienda, me fui hacia la avenida 33. Cogí un bus de Santra, hacia el centro. Busqué a mis hermanas y, por suerte, cuando supieron lo que me había pasado, me me ayudaron a colocar en otros trabajos lejos de ese suplicio que me hizo no querer vivir más”.

A  sus 58 años, Ana María es madre de tres hijos. Ha formado su propia familia. Se sigue desempeñando como trabajadora doméstica en el barrio El Poblado, en una casa de familia donde la tratan bien y la respetan. Se siente orgullosa de lo que hace y ha aprendido a dejar atrás el pasado. Y ahora se concentra en intentar perdonar a su madre por el abandono.

Por: Maria Clara Jaime Cortés – mjaimec@eafit.edu.co

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

 

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