Cartas ángeles

“Ejecutivo espiritual maestro”: comunicarse con los ángeles en Medellín

La angeología está de moda en Antioquia. De hecho, hoy es una profesión que se estudia en instituciones y templos donde es posible graduarse como maestro espiritual. Es un oficio rentable que puede facturar millones cada mes. Un reportaje para Bitácora sobre este fenómeno en auge.

Por: Juan Pablo Bernal Mejía – jbernal18@eafit.edu.co

Llego a la dirección indicada. Toco el timbre 302 y se abre la puerta. No hay nadie detrás. ¿Un espíritu? ¿Una fuerza sobrenatural? No. Es solo un apartamento interior: la chapa de la puerta está amarrada a un cable que sube por la pared hasta el tercer piso y arriba, una mujer hala la cuerda para que la puerta se abra.

Subo. Me dice que me siente mientras ella ve, en un televisor viejo, las noticias del medio día. No me ofrece nada para tomar. Y yo espero a Catalina Franco, la angeóloga, una mujer que tiene el don de hablar con los ángeles.

Sale de su habitación y me dice que entre. La reconozco por la foto que había visto antes en Whatsapp, por donde me había contactado con ella. Rubia, ojos claros, más o menos un metro setenta de estatura. En su escritorio hay un post it que dice: “Pregunta por la pulsera de tu ángel”. Ahí ya se intuye el negocio.

Su habitación es pequeña. Tiene un baño, una cama, un escritorio y su gato Guardián duerme con ella todas las noches. Se sienta detrás de su escritorio y comienza la sesión. “Si estás aquí es porque un ángel así lo decidió”.

Me hace coger unas cartas y llevarlas al centro de mi pecho. Son más grandes que las del Solitario y están maltratadas por el uso. Tienen unos dibujos abstractos azules, niebla por un lado. El revés no lo puedo ver. Ahora debo cerrar los ojos. En el fondo suena una música relajante desde su celular. Debo pedir a mi Dios, al universo o a lo que sea mi guía la información que necesito.

Debo también revolver la baraja. Es un fajo grueso y no es fácil de mezclar. Soy torpe y el ambiente místico de la habitación me ha puesto nervioso. Mientras barajo, una carta cae al suelo. La recojo. Pero ella me dice que continúe revolviéndolas. Son tantas que, de nuevo, otra cae al piso. Me pregunta:

-¿Es Gabriel?

-No.

-Bueno, eso hubiera sido un aviso.

Termino de combinarlas y saco una: “Metatrón”. “El que está al lado del trono de Dios”, me explica, y habla del gran poder que tiene este ángel: “Metatrón aparece en la vida de una persona cuando esa vida espiritualmente va a cambiar mucho”. Me advierte que en internet hay mucha información incorrecta sobre él. Tendré entonces que fiarme de lo que ella me diga.

Catalina Franco, un puerto angelical

Una tarde, mientras cursaba sexto semestre de psicología, Catalina Franco escuchó un mensaje de los ángeles. Le susurraron al oído: “Porto Ángel”. Aunque en ese momento no entendió de qué se trataba, luego se daría cuenta de que a los ángeles dedicaría su vida.

Franco no tiene oficina, atiende las consultas en su casa. Su consultorio también es el cuarto donde duerme, acompañada por su gato Guardián. Él es el protector de su energía. Según Francisco Cuatrecasas, autor del libro Gato-Terapia, los perros protegen al hombre de manera física y los gatos, la energía. Guardián mira puntos fijos sin razón alguna. Su dueña afirma que logra percibir aspectos que nosotros no. Seres que vibran en otras dimensiones, como los ángeles.

Porto significa puerto en portugués. Cuando supo esto, el mensaje que escuchó cuando estaba en sexto semestre, cobró completo sentido. Ese debía ser el nombre de sus servicios porque, al fin y al cabo, su consultorio es el puerto de los ángeles: un lugar donde las personas, igual que los barcos en los puertos, descargan sus dolencias y problemas para poder continuar su camino.

Cuando tenía veintidós años, su padre murió. Sufrió varios derrames cerebrales hasta quedar inhábil. Permaneció quince años en cama hasta que falleció, un lunes santo. Cuando murió, ella quiso estudiar psicología. Estaba en busca de respuestas. Afirma que alguien “jugó” con energías de bajas frecuencias y brujas para “joderle la vida”.

Entonces encontró un entierro en un cementerio con el nombre de su padre que decía: “Que la enfermedad y la muerte los persigan toda la vida”. Allí se encontraron una toalla que le pertenecía cuando era bebé, con las iniciales de su nombre y apellido. Fabiola, su madre, fue la que la reconoció. No entendía cómo este objeto había llegado hasta allí.

La angeóloga ve chispas en las personas, todo el tiempo. Las describe como “juegos pirotécnicos perfectos”. Estos destellos fugaces son una de tantas maneras en que los ángeles o maestros se manifiestan. Además, cree en la reencarnación y en la vida terrenal como un espacio al que se viene, de manera voluntaria, a aprender.

Angeólogo: una profesión lucrativa

 Aparte de tener un don, un angeólogo tiene formación institucional que se puede realizar en el Templo San Miguel Arcángel ubicado en Sabaneta, entre otros. El curso tiene un costo aproximado de $ 2’300.000 y dura un año y medio. Kelly Naranjo, empleada del lugar, explica que existen tres niveles: comunicador, sanador y maestro. Al completar los tres, te gradúas de “Ejecutivo espiritual maestro”. El lugar no acepta visitas. Si se quiere conocer más sobre el sitio, las personas  se deben inscribir en alguno de los  talleres que cuestan entre treinta y cincuenta mil pesos.

Otros angeólogos ofrecen sus propios cursos, como es el caso de Maria Elvira Pombo, reconocida angeóloga en el país, que dicta la mayoría de sus talleres en Bogotá. Además poseen canales en YouTube e informan diariamente a sus seguidores por Facebook y Twitter. Algunos dedican su vida entera a la angeología. Otros trabajan, a su vez, en importantes empresas, como Victoria*, que atiende a tres o cuatro personas en el mes y trabaja tiempo completo en Procolombia, entidad encargada de promover el turismo y la inversión extranjera en el país. Pero también hay quienes poseen el don de comunicarse con los ángeles y no cobran por sus consultas.

Catalina Franco atiende en el mes entre treinta y cincuenta personas. La consulta tiene un valor de $70.000. La angeóloga solo se dedica a estas citas y de ello vive. Al mes se puede ganar alrededor de $3’000.000. Otros cobran $150.000 y llegan a ganar $7’500.000 leyendo las cartas de los ángeles.

Las consultas

Sara Duque, estudiante de mercadeo, recurre con frecuencia a leerse las cartas de los ángeles. En lo que lleva del año ha ido tres veces. Los motivos más recurrentes para pedir una cita son sus peleas con su novio, cuando tiene conflictos en su casa o le está yendo mal en la universidad. Afirma que los maestros de luz le transmiten mensajes y advertencias que la han ayudado a comprender estas situaciones complejas de su vida. Claudia, la hermana de Sara, también va a consulta, al igual que David, su amigo, y Camila, su compañera de clases. Es todo un voz a voz.

Los temas más recurrentes por los que los usuarios visitan angeólogos son las cuestiones amorosas y dudas sobre su futuro. En un semestre, un usuario se puede gastar hasta $600.000 en consultas.

Mi lectura de las cartas de los ángeles

Metratón. Esa fue la carta que saqué de la baraja. “Miremos qué mensaje te quieren dar hoy los ángeles”, y a continuación, la angeóloga me entrega de nuevo el fajo de cartas. Debo revolverlas y partir en dos la baraja. Ella comienza a destapar una por una.

Ahora las cartas que están puestas sobre la mesa son ángeles que visten túnicas de colores. Cada uno está en una posición diferente y lleva diferentes objetos: entre ellos, cadenas rotas, corderos sobre una nube, serpientes, espadas y corazones en llamas, entre otros. En la parte inferior de cada carta hay un número y el nombre de ese ángel: Hahahel, Haladiah y Rehael…

-Si tienes pareja, no puedes tener dudas de que te ama incondicionalmente.

-Pero no tengo pareja.

-Entonces está próximo a llegar.

Suspiro y me río. Vuelve y me muestra las cartas. Dice que en el centro está Dios mandándolo. Asegura que la parte afectiva y emocional es una de las más difíciles de mi vida, sin embargo, según ella, esto fue algo que mi alma eligió antes de nacer, que ese sería mi aprendizaje en la tierra.

Le pregunto por mi padre y me pregunta si está vivo o muerto. Le digo que ya falleció y me vuelve a preguntar si siento su presencia. Contesto que “muy poco” y me dice que ella lo ve muy silencioso, pero que él está ahí. Al preguntar por mi madre también fui yo quien le dio las respuestas. Me preguntó si tenía otro hermano, si mi madre estaba sola o tenía pareja y si en mis planes estaba estudiar en el exterior.

Cuando termina la sesión pienso en que no tenía que estudiar angeología para darme los mensajes que me dio. Salí de su consultorio con más dudas de las que había ido.

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