La isla

Perdidos en Malpelo: sobrevivir entre corrientes, tiburones y aguamalas

“Lográbamos conciliar micro sueños –en lo que se demoraba en irse una ola y llegar la otra–, pero en esos periodos de tiempo soñábamos, siempre soñábamos que estábamos en tierra, absolutamente siempre”, dice Jorge Iván Morales, sobreviviente del naufragio en Malpelo.

Por: Elisa Giraldo Londoño – egiral42@eafit.edu.co

Jorge Iván tras ser rescatado de la tragedia. Foto: El Colombiano

A Jorge Iván Morales se le quiebra la voz al recordar esas horas de desespero. Toda su vida ha sido un aventurero. Desde que su padre murió, cuando tenía 13 años, se dedicó a las actividades al aire libre. Le encanta estar solo y sentir que es imparable, pero admite que en ese momento solo quería estar rodeado de su gente más querida. Anhelaba estar en casa.

“Me gusta la soledad. Por eso siempre viajo solo por el mundo. Uno generalmente no conoce a la gente, pero eso no importa. Lo que me gusta es encontrar los mejores lugares para ir a bucear y yo siempre había querido ir a Malpelo. Tenía el viaje programado hace mucho tiempo y se me dañó dos o tres veces. Pero al final se concretó, me invitaron de una escuela de buceo. Ese día salí de mi casa y fui al aeropuerto en Rionegro y allá conocí a los que iban desde Antioquia y arrancamos en el viaje. Llegamos a Cali, después en carro a Buenaventura y luego en barco 12 horas a Gorgona -donde hicimos dos o tres inmersiones- y de ahí nos fuimos para Malpelo que son como 26 horas también en barco.

Cuando llegamos a Malpelo nos impresionó mucho. Aunque lo habíamos visto en fotos, uno no se imagina que es literalmente una roca: no hay playa, no hay palmeras, no hay nada. Pero la vida marina es muy abundante, todo tipo de animales. Para bucear dividen a la gente por grupos de acuerdo a las evaluaciones que le hacen a cada uno y a mí me tocó con Erika Díaz, Peter Morse, Hernán Rodríguez y Carlos Jiménez.

Al día hacíamos tres inmersiones: una muy temprano, una al medio día y otra después del almuerzo. En esas inmersiones siempre vimos muchas especies, tiburones, pulpos, cangrejos. Muy bacano. Pero cuando llegó el último día, ya todos estábamos rendidos en el barco. Yo estaba acostado porque no había dormido muy bien en esos días –el mar lo mueve mucho a uno y las camas son muy pequeñas–, entonces con ese cansancio y el frío que estaba haciendo, yo no quería ir. Tenía ganas de casa, cama, simplemente no quería ir. Pero fueron los del grupo y me dijeron “Hermano, pero cómo no nos vamos a despedir de Malpelo si ya estamos aquí, no sabemos si vamos a volver algún día” y yo accedí.

Organizamos todo, nos pusimos los trajes y concretamos la buceada. El plan inicial de buceo era ir a Arrecifes. Hablamos de hacer un buceo tranquilo, no muy largo. Queríamos salir rápido porque estábamos cansados y la idea era celebrar luego con todos los del barco. Pero el plan cambió cuando un compañero dijo que por qué no íbamos a La catedral –una roca muy linda que tiene un huequito por debajo del mar que uno puede atravesar de un lado a otro– y todos aceptamos. Arrancamos para allá, cuadramos con el lanchero, se planeó el recorrido de 40 minutos y nos metimos al agua.

Corriente y tiburones

Todos abajo, más o menos a unos 30 pies, empezamos el recorrido. Todo muy normal. Cruzamos la catedral y volteamos a la derecha como se planeó y yo estaba pegado a la piedra, porque a mí me gusta ver animales pequeños. Vi que todo el mundo se fue hacia el océano y me dio rabia. Pensé: “estos manes qué, hombre, no quedamos pues en que íbamos a bucear tranquilos”. Y cuando fui dejando de ver a cada uno, arranqué detrás. No me iba a quedar solo. Y fue ahí que nos cogió una corriente. A Hernán y a mí nos hundió y a los otros tres los hizo salir a superficie. Cuando estábamos abajo, nos miramos, hicimos la señal de salir y hacer parada de seguridad. Salimos. Nos reunimos con los demás. Pero nos dimos cuenta que llevábamos 19 minutos en la inmersión y que estábamos lejos del recorrido que habíamos planeado. Entonces inflamos unas bollas naranjadas y con pitos empezamos a silbar para llamar la atención del lanchero para que nos recogiera.

Estábamos más o menos a 150 metros de donde debíamos estar. En ese momento, Erika miró el agua y estábamos rodeados de tiburones. Nos estaban rondando como cuando inspeccionan alimento. Ella estaba muy asustada, pero para mí me dio fue es una emoción muy grande. Le dije a Peter que nos metiéramos a jugar con ellos, a cogerlos y perseguirlos, y eso hicimos. La inmersión duró 10 minutos pero cuando volvimos a salir nos dimos cuenta que la distancia de donde estábamos antes se había triplicado.  Estábamos en la corriente, que nos estaba sacando, así que empezamos a nadar a contracorriente y con el mar picado. Todo era muy difícil porque cometimos muchos errores y no llevábamos los elementos de seguridad que deberíamos haber cargado.

Cuando estábamos nadando con el mar tan picado pasó una ola grande. Yo me subí en ella. Bajé y no volví a ver a nadie. Me dio mucho miedo y pensé: “yo voy a arrancar a nadar a donde estos manes, yo no me voy a quedar solo”. Al rato me encontré con Hernán, que también se había quedado solo. Le pregunté qué había pasado con los demás y me dijo que ellos habían decidido dejarse llevar por la corriente. Empezamos a imaginarnos muchas cosas y concluimos que teníamos que estar siempre cerca de la piedra para que nos pudieran encontrar. Soltamos las pesas y nos echamos a nadar, pero él constantemente me decía que no quería nadar más, que se quería dejar llevar por la corriente.

Con el tiempo nos empezó a dar mucha sed, pero nos mantuvimos siempre nadando. Mientras tanto, empecé a pensar en cómo hacer para llegar nadando. No habíamos llevado snorkel y estábamos con tanque. Era muy complicado. Pero yo soy muy deportista y sentía que era capaz de llegar, entonces le dije a Hernán: “sabe qué hermano, hagamos una cosa, yo me voy nadando, llego y ahí mismo digo donde está usted”. Ese man se asustó mucho. Me pidió que nos quedáramos juntos siempre, que él no se quería separar. Fue una decisión muy difícil de tomar porque yo sabía que con él nunca iba a llegar a la piedra y ya íbamos a depender solamente de que nos encontraran. Finalmente decidimos quedarnos juntos. Amarré todas las cosas para no perder lo poco que teníamos para sobrevivir. Yo manejé todo. Tenía un cuchillo y era el que hacía todo para gestionar la situación.

Seguimos nadando. Cada vez más difícil. Teníamos que nadar de espalda por la falta de snorkel y no podíamos respirar bien si nadábamos de frente. Hernán me decía todo el tiempo que paráramos, pero yo insistía en que teníamos que nadar. No era fácil porque uno de los dos nadaba más rápido y las corrientes nos cambiaban constantemente la dirección. Cuando de repente aparecía una piedra frente a nosotros. Dijimos: “pero esta piedra qué”, y de repente empezó a caer la noche y nos dimos cuenta que nos teníamos que preparar para naufragar.

A oscuras con aguamalas

Cayó la noche con un frío impresionante. Ya no veíamos la piedra. Dejamos de verlo todo y apareció de pronto un faro. La única esperanza. Pero cada que uno lo miraba lo veía más lejos. En una de esas, Hernán me dijo que lo había picado algo y no dije nada. Yo sabía que estaba cansado, angustiado, que no quería nadar más. De repente, volvió a decir que lo había picado otra cosa y cada que decía que lo picaba algo, paraba de nadar y yo empecé a pensar: “este man esta buscando una excusa para parar”, pero no dije nada. Entonces me picó a mí también. Así  empezó el primer ataque de aguamalas. Nos quemaron la cara, el cuello, los brazos. Nos volvieron nada. Hernán me dijo que no era capaz de nadar más, que estaba muerto. Yo le dije que tranquilo, que yo nadaba por los dos. Nos pusimos de frente, le cogí los pies y él me guiaba.

Hablábamos de todo. Especulábamos. Buscábamos cómo mantenernos en ruta. Yo tenía un computador con brújula entonces con ella nos manteníamos en la dirección correcta, o eso creíamos. Pero prender el computador alumbraba mucho y eso llamaba animales, lo que nos daba miedo. Cuando ya llevaba yo mucho tiempo nadando solo, le dije a él que iba a parar a descansar y cuando lo hice, me cogió un ataque de hipotermia. No era capaz de controlarme. Temblaba mucho. Hernán me abrazó. Me intentó calentar mientras yo intentaba bajar las pulsaciones. Finalmente me calmé y decidimos que teníamos que parar. Luego buscamos posiciones de descanso, pero no éramos capaces de encontrar ninguna. El mar estaba muy picado. También teníamos que buscar formas de calentarnos y aceptar que teníamos animales por ahí chapaleando a nuestro lado. Había que manejar incluso los tiempos de las olas: cuando una llegaba, yo botaba el aire, y cuando se iba, lo inhalaba.

La primera noche fue muy difícil. El frío era impresionante. La hipotermia es como si te clavaran alfileres en todo el cuerpo y te apretaran. Seguíamos especulando sobre la hipotermia, la deshidratación y en algún momento meditamos la posibilidad de entrar en demencia. Eso era lo que yo más temía, esos momentos de locura. También había un cuchillo. Y yo no quería que uno matara al otro. Sentí miedo muchas veces, pero nunca perdí la esperanza.

Sin sol, con sed y con hambre

Cuando amaneció, el sol no salió. Todo estaba muy nublado. Y teníamos que buscar alimento. Soy pescador, entonces sabía que no teníamos cómo pescar, pero el carrete de la bolla tenía una plumada, entonces intentamos con eso. Pero cuando la fui a sacar, se me cayó y se hundió. Uno no ve nada cuando mira para abajo. Solo animalitos de vez en cuando. Y cuando le dije a Hernán que se había hundido, se preocupó mucho, pero yo lo tranquilicé recordándole que todavía teníamos mi bolla. Luego se nos olvidó que teníamos que comer.

Seguimos entonces con la metodología de cómo descansar y cómo mantener el calor. Hablábamos de estar juntos, nos abrazábamos. Alrededor del medio día volvimos a perder la piedra de vista. La empezamos a ver como una nube y discutíamos si era real o un espejismo. Al medio día la dejamos de ver, sin embargo intentábamos nadar a donde creíamos que estaba. Nunca dejamos de hablar. Pero hubo un momento en el que Hernán entró en pánico. Especulaba sobre cómo nos íbamos a suicidar. Durante esa conversación nos clavamos el cuchillo en 20 partes del cuerpo, debatiendo cuál era la que menos dolía. Pero concluimos que no podíamos ahogarnos. Que no podíamos dejar a nuestras mamás con la incertidumbre si nos hundíamos y nunca encontraban nuestros cuerpos.

La zona donde estaban los buzos. Al fondo, Malpelo. Foto: Colprensa

Uno en los silencios se empieza a despedir de todo el mundo. Piensa en qué debió haber hecho en la vida, en lo que le va a faltar a la familia. Se despide uno. Llorábamos cada vez que había esos silencios. Cuando entrábamos en esos momentos de angustia que él inducía, yo le decía que íbamos a salir de ésta. Desviaba la conversación para que se calmara y se olvidara del suicidio.

Llegó nuevamente la noche y fue muy difícil aceptar que teníamos que pasar otra noche en esas. Lo más duro es que no veíamos cuando nos atacaban las aguamalas y de repente las teníamos pegadas por todo el cuerpo. Uno no sabe si quitárselas o dejar que lo piquen. La piel se pone como cuando le cae colbón: se te encoge y luego se hincha. Ya no veíamos el faro, ni la piedra. Cayó una neblina que no nos dejaba ver a 100 metros y decidimos que ya habíamos puesto todo lo que podíamos para mantenernos vivos. Aún así, no lográbamos descansar.

Pasamos toda la noche buscando esa posición para el descanso. Y cuando la encontré, nos volvieron a empezar a picar las aguamalas. Fue un desespero impresionante. Pero se me ocurrió coger la bolla, desinflarla y ponérmela en el cuello.  Así logramos defendernos un poquito de las aguamalas. Volví a encontrar la posición para descansar pero empecé a exhalar aire caliente. Fue una alegría al principio y una preocupación después. Me di cuenta de que nos estábamos enfriando, perdiendo energía, y no éramos capaces de respirar por la nariz. Pero conseguimos encontrar la posición y logramos conciliar micro sueños –lo que se demoraba en irse una ola y llegar la otra– pero en esos periodos de tiempo soñábamos, siempre soñábamos que estábamos en tierra, absolutamente siempre.

A la espera del milagro

En uno de esos sueños, sentí un mensaje. Algo que me dijo: “tranquilo que mañana los recogen”. Me desperté lleno de energía y decidí que no le iba a contar a Hernán para que se hiciera realidad. Cuando volvió a amanecer, le pedí que empezáramos a llamar la atención y le dije: “infle la boya que hoy nos recogen”. Empezamos con los pitos y con las manos a gritar, y a eso de las 8 de la mañana ya estábamos otra vez cansados.

Pero alrededor de la una de la tarde empieza el milagro. El cielo se destapó, salió el sol y el mar que estaba picado se calmó como una piscina. Decíamos que si no nos recogían así, no nos iban a encontrar nunca. Cuando salió el sol creíamos que nos íbamos a calentar pero nos mantenía fríos el agua. Nunca nos calentamos. Se nos reventó la piel. De repente empezó a pasar algo curioso: los pies nos estaban doliendo mucho y cuando cambió la corriente, pasamos de movernos horizontalmente a movernos en vertical. Nos chocábamos los pies, lo que suponía un dolor impresionante. Le dije a mi compañero que se quitara las aletas, que eran la que nos estaban moviendo. Se quitó una, me la pasó y yo, para no tener nada en la mano, para que no se me cayera, se la metí entre la espalda y la cabeza. Eso se convirtió para nosotros en la almohada perfecta. Yo me las quité también y, en ese momento del calor, me puse una en la cara como visera. Así logramos descansar más tiempo.

Pero, de pronto, en uno de esos momentos de descanso, Hernán se quedó dormido y se le cayó la careta. Un siempre debe mantenerla en el cuello, pero con ese dolor tan horrible, nos la tuvimos que poner en la frente. Cuando se dio cuenta de la pérdida, entró en un pánico y de nuevo tuve que calmarlo. Le dije: “tranquilo hermano que con mi careta logramos pasar la noche juntos”, aunque yo en realidad no sabía cómo íbamos a hacer, pero intuía que sería yo el que iba a pasar la noche sin careta.

Eran como las cuatro de la tarde. Ya iba a caer la noche otra vez y teníamos que encontrar una posición para que a mi no me entrara el agua en la cara sin careta. Lo intenté de todas las maneras, hasta que finalmente me puse la bolla como mascara y encontré la posición perfecta. Conciliamos el descanso hasta que el agua nos volvió a empezar a mover. Para no movernos tanto, adoptamos una posición en la que teníamos los oídos metidos en el agua. Y no fue hasta mucho más tarde que decidí sacar la cabeza un momento y sentí el motor de un avión sobrevolando.

Cuando lo sentí, le dije a Hernán para que lo escuchara y empezamos a ver un puntico. El puntico se movió y se nos perdió de vista. Luego creció otra vez. El puntico pasó muchas veces hasta vimos completo el avión. Pasó y nos hizo señas de que nos habían visto. Empezamos a gritar de la felicidad, pero luego lo vimos alejarse. Lloramos. Pero finalmente se devolvió. Pasó más cerca y alcanzábamos a ver a un señor que nos saludaba. La felicidad estaba de vuelta.

El avión empezó a hacer maniobras. Soltó unas papeletas para señalar con humo nuestra ubicación e hizo otro giro miedoso en la que soltó un paquetico chiquitico que se fue inflando mientras iba cayendo. Era una balsa. Nos subimos y Hernán empezó a decir que estaba al revés. Pero a mí me importó un carajo. Lo único que quería era estar montado en esa balsa. Pero él insistía que la teníamos que voltear. Yo le dije desesperado: “vea hermano, si usted quiere yo le ayudo. Usted se mete y coge las provisiones que tiene la balsa al otro lado, pero yo al mar no me vuelvo a meter”.

Me tocó distraerlo para que no volviera al agua con la idea de que me ayudara a cortar los botines. T tenía que desviar su atención como había hecho durante todo el naufragio. Y cuando nos sacamos las botas empezaron a salir unas heridas horribles. Apareció entonces una lancha con tres rescatistas. Me acuerdo de su sonrisa enorme. Y de ahí nos llevaron al barco, donde preguntámos inmediatamente por los otros compañeros. Nos contaron que a Peter lo habían encontrado de primero, pero que a Erika y a Carlos no los habían podido localizar. Por eso abandonamos el plan de devolvernos en helicóptero para Buenaventura y lo dejamos a disposición de la Fuerza Armada para su búsqueda. Por esto, el reencuentro con nuestras familias se demoró mucho. Pero esto era lo de menos. Yo solo estaba agradecido de que nos hubieran encontrado y que no nos hubiéramos tenido que enfrentar a esa última variable que habíamos barajado: entrar en demencia y hacer quién sabe qué, con sus obvias consecuencias.

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