Laura Hernández

No es él, y nunca lo fue

¿Conocemos a las personas transexuales? ¿Cómo las tratan en Colombia? ¿Cómo influye el contexto socioeconómico y cultural en su tránsito? ¿Realmente el Estado garantiza sus derechos? Estas son algunas de las preguntas que, con frecuencia, no nos hacemos como sociedad.

Por: Leonardo Hernández Murillo – lherna31@eafit.edu.co

Laura Hernández tiene 21 años. Pero solo ha vivido dos. Desde los 19, gracias a las sentencias T-086/14 y T-063/15 de la Corte Constitucional de Colombia, en la cédula de Laura ya no dice Pedro Andrés.

Nació en 1995, en la capital de Córdoba. Fue la primera de tres hijos del matrimonio entre Nancy Murillo y Pedro Pablo Hernández. Debido al trabajo de su padre se mudaron a Montelíbano, el municipio donde está la mina a cielo abierto más grande de América: Cerro Matoso.

Cuando Laura aún era Pedro Andrés, estudiaba en la Fundación Educativa de Montelíbano, el colegio de la mina donde trabajaba su papá. Era tímida. No hablaba mucho. Tenía pocos amigos. La gente decía que, para ser hombre, movía mucho la cadera cuando caminaba.

“Pensaba que yo no era tan popular como para que hablaran de mí. Cada cosa que hacía o dejaba de hacer la sabía mi mamá”, cuenta Laura. Nancy Murillo, la madre, era profesora de la Institución Educativa María Goretti, también en Montelíbano. Morena, de estatura promedio y  pelinegra, era una feligresa entregada a la religión católica.

A Pedro Andrés le encantaban los personajes femeninos de las caricaturas, el color rosa y Hannah Montana. “¡Baja los brazos, por favor!”, le decía el vicerrector del colegio cuando corría o jugaba durante el descanso. Era como si le pidieran que se cortara los brazos. ¿Cómo iba a correr sin los brazos arriba? Si así era que corrían las niñas.

Entre Hot Wheels y Power Rangers

“Siempre fue afeminado. Sin embargo, eso a mí me daba igual. Nunca le pregunté si era gay. Yo ya sabía”, dice Paula Moreno Brún, una de sus pocas amigas de infancia. “Le decíamos Pechi, de cariño, como de pechichón, porque era muy callado, además, los profesores lo consentían mucho”.

En navidad, cuando escogían los regalos, Pedro Andrés y sus hermanos iban a la sección de los carros Hot Wheels, las pistas de carrera y las figuras de acción de los Power Rangers. “Aunque era una sección de niños, a mí me gustaba porque así despistaba a mis papás. Escogía a la Power Ranger azul que tenía faldita, y mis papás nunca se daban cuenta de eso. Como era una figura de acción, ellos asumían que era un juguete para hombres”.

Pedro, en ese entonces, no quería contarle a sus papás que era homosexual. Temía la cultura conservadora, machista y heteropatriarcal de su pueblo. Cuando se graduó del colegio, decidió estudiar diseño gráfico y se matriculó en la sede de Medellín de la Universidad Pontificia Bolivariana. Mientras cursaba el segundo año de la universidad, decidió contarle a su mamá que le gustaban los hombres. “Ese día ella se quiso morir, aunque, en términos generales, mis papás lo tomaron bien. Me apoyaron”.

A Pedro Pablo, el padre, un hombre blanco y conservador, “le dio duro” el cambio de su hijo, pero él, a diferencia de sus padres, lo apoyó. “Recuerdo que mi familia era muy radical: si alguno de los hijos hubiera sido homosexual, mi mamá no lo habría tomado tan bien como Nancy y yo. Creo que lo hubiera echado de la casa. De mi papá ni se diga, lo hubiera tratado de marica, pangá y cagá, palabras que no faltan en el discurso de todo costeño”.

Un nuevo rumbo

El mercado central de Montelíbano huele a pescado. Las calles son angostas y se cierran aún más con el aumento de los puestos de jugos naturales. Pasa un joven con tres aretes en una sola oreja, un pantalón fucsia y el pelo teñido con agua oxigenada. Pedro Pablo lo mira de lejos, guarda silencio. Al rato, dice: “¿Cómo es de jodida la naturaleza, no?”.

En enero de 2015, después de aceptar que era homosexual, Pedro Andrés se asumió como transexual. A su madre le daba miedo lo que fueran a decir, no de ella, sino de su hijo. “Ya me había dicho que era homosexual, pero prometió que nunca se iba a vestir de mujer. Es más, en aquel momento le hice quitar un piercing que tenía en la nariz y unas iluminaciones monas que se había hecho en el pelo”.

Uno de sus dos hermanos, el del medio, cuenta que solo les preocupaba qué iba a pasar, con Pedro y con la familia, para dónde iba y cómo iba a sobrellevar la situación. Como en todos los pueblos, los comentarios y los rumores se fueron esparciendo.

En la empresa de Pedro Pablo los trabajadores hacían chistes despectivos de los homosexuales. Después de enterarse de la transformación de Pedro Andrés, la gente pensaba dos veces antes de lanzar un chiste.

Un cuerpo real

Desde el primer semestre de 2015, Laura cambió sus pantalones anchos por unos entubados. Compró camisetas ajustadas a la cintura, se dejó crecer el pelo y cambió su perfume Lacoste por uno de Victoria´s secret.

Durante año y medio visitó al psicólogo acompañada por sus padres. “En las sesiones nos hablaron de cómo mucha gente de la costa me iba a rechazar. Me guiaron en el camino de mi transición”, cuenta. En mayo de 2016 dejaron de ir. Ya Pedro había dejado de serlo. Laura había sido aceptada en la familia.

Antes de decir que era transexual ya había empezado a tomar hormonas por su cuenta. Así, cuando las sesiones con el psicólogo terminaron, empezaron con el endocrinólogo, pues, luego de contarle a sus papás, estos impidieron que siguiera automedicándose.

El único momento en que dejó de tomar hormonas fue cuando se realizó la cirugía de los senos, en junio de 2016. Fueron, aproximadamente, 1100 cm2 en total para todo el busto. Fue sin duda un avance para su proceso. Su abuela materna no la reconoció cuando la vio operada y con el pelo largo. “Todos nos sorprendimos cuando nos dijeron que ya no era Pedro sino Laura”.

En Colombia no todas las personas transexuales están vinculadas a servicios de Entidades Prestadoras de Salud, por lo que su cambio puede ser más complicado. Para beneficio de Laura, ella ha tenido la facilidad económica para cubrir los gastos de su transición.

“A pesar del interés que puedan tener las personas trans en vincularse a los servicios de salud, el sistema de salud en Colombia enfrenta fallas estructurales que dificultan el acceso a servicios especializados para un gran número de personas, ya que al ser una población vulnerable y estigmatizada, la gran mayoría no puede acceder siquiera al nivel básico del SISBEN”, afirma Roberto Lasso, magíster en psicología clínica de la Pontificia Universidad Javeriana.

Otros cuerpos, otras vidas

En América Latina, el promedio de vida de las personas trans no supera los 40 años. El caso de Yessika Campbell Villorina, transexual de Monteíbano, también demuestra que la legislación de Colombia no ha trabajado lo suficiente por la validación de los derechos de la comunidad LGBTI, en especial los de las personas trans.

Campbell Villorina, sin más opciones, se ha tenido que prostituir para financiar su transición y poder sobrevivir diariamente. “Me fui a Medellín, me putié horrible. Fui a Bogotá, Cali, Pereira, Pasto, Putumayo y solo pude prostituirme.”

Según Lasso, la transexualidad remite a un deseo por la transformación del cuerpo, muchas veces truncado por las dinámicas de exclusión del sistema de salud y por el rechazo y el miedo que genera el cambio en la sociedad. Sobre todo en Colombia.

A diferencia de muchos transexuales, Laura Hernández ha tenido apoyo económico y emocional durante su transición. En este país es necesario llegar a un consenso que promueva y proteja los derechos de esta comunidad tan vulnerable. Siempre al vaivén del rechazo y la violencia.

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