Los vestidos de la luna

Ella, cual mujer, se viste de gala para las mejores ocasiones. Se arregla, se maquilla, luce siempre espléndida. Cambia de vestido: unas veces sale llena, como henchida por las emociones que provoca en quienes enamora. Otras es testigo de amores nuevos que se sirven de sus encantos para seducir.

Texto y fotos: María Clara Sierra Gallón

Por momentos decide acompañar al lucero de la mañana y juntos forman una sinfonía perfecta, una oda al amor. No importa el vestido que escoja –llena, a medio camino, roja, grande, pequeña, de día o de noche– salpica una luz coqueta; quizá para enamorar al sol o al humano que, con el ojo desnudo, la observa con deseos de alcanzarla.

Que convierta a un hombre en lobo o haga crecer el pelo no está comprobado. Lo único que sí es seguro es que no hay persona que la observe a lo lejos sin sorprenderse con su belleza y poder de seducción. Sus mesetas brillantes y llanuras oscuras la convierten en un hermoso cuerpo celeste, el que le arrebata el aire al hombre que, cuando la mira, suspira.

Cual mujer, de vez en mes, se hace extrañar y por una semana no se deja ver, pero luego luce un cachito y comienza con sus posteriores apariciones. Finalmente se marcha para reaparecer, tras un breve tiempo, estrenando vestido.

 

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