Drogas

La plaza de la calle 27

Desde 1951 el Barrio Antioquia se considera como una zona de tolerancia de la ciudad de Medellín. El tráfico de drogas es una realidad, sin embargo, allá la gente “come callada”.

Por: Lina Ayala

A las 9:00 p.m recibí una llamada de la portería para avisarme que alguien había llegado a recogerme. Me persigné al cerrar la puerta de mi casa, ingresé al vehículo y saludé a Jerónimo*. Él se limitó a poner música y durante el camino casi no hablamos.  

Conducía veloz por un laberinto de calles rodeado de casas humildes. En 1951, durante la alcaldía de Luis Peláez Restrepo, este sector fue declarado como la primera zona de tolerancia de la ciudad de Medellín por medio del decreto 517. Por esta razón en la zona no falta la prostitución, el alcohol y, en mayor medida, las drogas. 

-Llegamos al Barrio -dijo Jerónimo.

En las esquinas de las calles y afuera de las puertas de las casas había personas sentadas. Vigilantes. A la espera, en medio del frío de la noche.

Nos estacionamos en la Cra 65B con 27 y un joven se acercó al auto. Jerónimo bajó la ventanilla. “Ya traigo aquello”, le dijo el chico. Él me miró y yo lo miré. Lo saludé y él me miró nuevamente, esta vez con recelo, desconfiado. Me bajé del carro para comprar algo en una tienda ubicada justo en la esquina de la calle del frente. 

-Niñas, ¿ya decidieron qué van a comprar? -le preguntó el tendero a una niña que estaba a mi derecha y a mí, mientras mirábamos el interior del local por entre las rejas.

-Deme por favor un energizante -respondí -¿Y tú ya decidiste qué vas a comprar? -le pregunté a la niña.

– Aquí hay mucho de dónde escoger -más tarde, esa misma noche, escucharía la misma frase repetidas veces.

La esquina de la calle 27 es una plaza de sustancias psicoactivas que varían entre lo natural y lo sintético: desde bolsas de marihuana, baretos y blunts hasta popper, cocaína, perico y LSD.

Parchados en la plaza

Jerónimo se bajó del carro y saludó a cinco jóvenes que estaban sentados en la mitad de la acera. Algunos me sonrieron; otros me ignoraron y siguieron la ley del barrio: “la mujer que llega con un socio para los otros no existe”. Tal objeto, la mujer desaparece.

Los hombres estaban vestidos con pantalones anchos de tiro bajo, camisetas grandes, gorras y zapatos deportivos. Yo escuchaba y trataba de esconder mis expresiones para que no fuera evidente mi desconcierto. Cada uno, en su mundo, prendió su bareto, lo aspiró y absorbió. No sabía qué me molestaba más: si el intenso olor a marihuana o la sensación de ahogo que empecé a sentir.

Los zapatos colgados en los cables indican la existencia de drogas para vender.

Ya era tarde. No obstante, la venta de empanadas, las tiendas y los pequeños bares seguían abiertos. Las personas que, a mi llegada al barrio, había visto sentadas conversando en las esquinas y afuera de sus casas, no estaban matando el tiempo sino que estaban trabajando.

-Esos son los campaneros. Su función es alertar sobre la presencia de la policía en el sector y hacer el primer contacto con el cliente -me explicó Jerónimo.

Para ellos la jornada apenas comenzaba. Llegaban taxistas, ciclistas, motociclistas, conductores de carros viejos y de vehículos de gama alta. Todos con la misma intención: comprar todo tipo de sustancias prohibidas para estimular sus sentidos.

Un comprador se estacionó y un campanero se acercó. Sin mucho “visaje”, después de intercambiar dos o tres frases con el cliente, el campanero se dirigió a un poste de luz cercano y sacó el pedido. Se lo entregó, el cliente pagó y se fue.

“Ellos nunca guardan gran cantidad de droga a la vista. Siempre utilizan casas como bodegas o esconden la mercancía en caletas improvisadas en los antejardines o en los postes de luz para agilizar la entrega”, agregó Jerónimo.

Ya entrada la madrugada una patrulla de policía empezó a rondar el barrio. Dio dos, tres y cuatro vueltas. El ambiente se tensó, la gente se alarmó y empezaron a correr de un lado a otro mientras avisaban que “la tomba estaba rondando, que no dieran mucho visaje”.

En este barrio casi todas las plazas manejan los mismos precios pues, como muchos dicen: “¡Aquí hay tanto que lo que nos importa es vender, hay mucho de donde escoger!” Además, tienen varias modalidades de negocio: si un comprador es frecuente puede obtener el privilegio de pedir a domicilio la mercancía.

Norella

-Mi reina, ¡cómo es que estos hijos de puta no le han traído una silla! -volteé y me encontré con una mujer mayor que venía con un taburete plástico en la mano.

-Mucho gusto, Norella- dijo la mujer.

Norella, de 56 años, se gana la vida siendo campanera. Desde niña ha vivido en el Barrio Antioquia y está tan familiarizada con él que conoce cada esquina, cruce, acera, tienda y avenida.

-Mucho gusto, Lina.

-Mi amor, no me tenga miedo… yo puedo ser su mamá, aquí en este barrio no hacemos nada, o por lo menos nada malo -dijo entre risas.

-Yo no tengo miedo, yo lo que tengo es frío.

-¿Y qué hace aquí?

-Nada, aquí con los pelaos -le respondí sin dudar.

-Pues vea mi amor, yo le cuento que las malas lenguas dicen que yo soy dizque la mejor campanera de este Barrio.

-¿Y qué es eso? ¿Usted qué hace?

-Pues yo grito cuando veo un policía, ¡y es que me da un mal genio ver a esos tipos! Ese es mi trabajo, yo no me avergüenzo de lo que hago. Así me entra la plática. Mi marido es aquel que está sentado en la otra esquina, él se llama Martín. Aquí todo el mundo nos conoce.

-Norella, ¿y sí te va bien en esto? Mirá la hora ¿No deberías estar en tu casa?

-No mamacita yo debería estar es en el Freedom Festival. Vea mis tenis de lujo, ¿no le parece? Yo estreno cada ocho días gracias a este trabajo. No me puedo quejar.

Ella, como el resto de los habitantes del Barrio Antioquia, convive y sobrevive en medio del microtráfico de drogas. Para ellos este negocio no es ilegal, pues representa un sustento básico para vivir. De ahí el misterio, la reserva y el silencio. Por eso en el Barrio Antioquia se “come callao”.

-Lo que pasa aquí nadie lo ve. Nadie lo sabe. Tampoco usted, mi amor.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

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