La mirada de Ruby Rumié: entre el duelo y la dignidad

Vasijas que guardan el dolor, palenqueras sin sus trajes de colores y vestidas de blanco, empleadas de servicio sin uniforme y empleadoras despojadas de sus carteras Louis Vuitton mirándose de frente.

Así es el trabajo de Ruby Rumié, la artista cartagenera que este año ganó el premio Women Together de la ONU por sus trabajos relacionados con la violencia de género, el racismo y la inequidad social. Su arte pretende dar sentido con lo visible: una escultura que puede ser duelo y una foto, dignidad.*

Por: María Antonia Ruiz Espinal – mruizes1@eafit.edu.co

Cuando veía a sus nanas comer pescado con las manos, ella tenía 5 años y también quería hacerlo. En la Cartagena de los años 60, eso no estaba bien visto. Hoy tampoco.

A la hora del almuerzo, quería entender por qué sus nanas no se sentaban también en el comedor familiar. Por qué la señora que lavaba, la cocinera, la que planchaba las camisas de su padre, la de la limpieza y la que corría detrás suyo todo el día comían en otro cuarto. Por qué sus tías y sus abuelas usaban el tenedor y el cuchillo, si se veía más sabroso comer con las manos.

Cuando creció, mantuvo el vínculo con todas esas mujeres, esas nanas negras, viejas y canosas que la habían criado. Con ellas compartía los ritmos del Caribe y las historias y sus formas desparpajadas, ajenas a su deber ser, a su estrato social regido por lo que en Colombia entendemos como “las buenas costumbres”.

Hoy, Ruby Rumié se ríe a carcajadas, como las nanas que la criaron. Como esas matronas cartageneras, guardianas de la herencia negra, que se pasean por las calles de Getsemaní con palanganas rebosantes de frutas y la patria en un vestido. Esas que, como sus nanas, se han convertido en parte del paisaje y mueren a diario en las postales turísticas: esclavas de la pose. Gastadas por los flashes.

Ruby Rumié con las palenqueras en la entrada del Bodegón de La Candelaria, Cartagena.

Su arte es preguntar

El trabajo de esta artista cartagenera es, como los niños, cuestionar la realidad. Todo el tiempo. Y también como ellos, no quedarse con las respuestas flojas de los adultos. Insiste: pregunta de las formas más originales y no calla. Y a esas respuestas que encuentra, las que hablan de la injusticia, el dolor o las jerarquías innecesarias, les da voz a través de su arte.

Para Rumié, se trata de una función social. Permite ver las cosas como por primera vez, o como si nunca las hubiéramos visto. Y eso no es instrumentalizar el arte. Es servirse de él para aprender a ver. Para ver de nuevo, desde otros ángulos que ayudan a entender qué es lo que pasa.

Pero ella no decidió ser artista. Fue una necesidad. Y eso, luego, se convirtió en compromiso. Como el buen cronista, siempre está con los ojos abiertos: con la actitud de un cazador que todo lo escucha y lo ve. Ese estado de alerta es el que le permite desenmascarar lo cotidiano. Busca lo que le incomoda a la sociedad, lo que nadie quiere ver. Y lo cuenta, lo pinta, lo fotografía o lo esculpe.

Adiós a la Academia

En 1996, Rumié hacía retratos hiperrealistas. Era lo que había aprendido en la Academia. Pero ese fue un año de quiebre. Le dio la espalda a Vermeer, a Caravaggio y a Velázquez. Se fue a un basurero. Recogió objetos y empezó a hacer un ensamble sobre lo femenino: la menstruación, la rabia, el erotismo, el dolor y la inocencia.

“Empecé a modificar mi visión porque quise hacerme un exorcismo. Sentía que tenía mucho por dentro y que se quedaba traspapelado en la pintura y no lograba expresar todo lo que quería contar. Entonces corté. Me pregunté por el compromiso del artista con la sociedad y decidí enfocarme en recoger la herencia social y territorial de mi ciudad”.

El suyo es un trabajo empático que hace propio el dolor ajeno. Parece periodista, pero de los buenos: se nutre de información veraz, de datos y muchos detalles, pero se cuida del exceso. Se deshace de todo lo que no es esencial para transmitir algo nuevo. Nunca espera a la musa pues, como dijo una vez Chuck Close –uno de los referentes de su etapa hiperrealista–, la inspiración es para aficionados, los profesionales trabajan por la mañana.

Ella concibe la idea, la gesta durante dos años y la pare de un sacudón. Y así consigue lo importante: no explica el mundo, sino que le da una vuelta. Y no hace ficción porque sus historias son las cotidianas. Es experta en resignificar. “Entender es una palabra muy poco valorada”, dijo una vez Martín Caparrós. Ella sabe cómo hablar con imágenes: en cada pieza de su trabajo esculpe una cara del mundo.

Lugar común: Latinoamérica

En cualquier lugar, la relación entre una empleada doméstica y su patrona es en exceso jerárquica. Una por debajo de la otra. Casi por lo general, la “muchacha”, “la niña que ayuda”, “la empleada”, se comporta sumisa, como si existiera una guía de comportamiento para nanas.

Las convenciones sociales son la máxima expresión de la pose, y no hay nada que le guste más a Rumié que desordenar esos códigos establecidos. “Para mí el cuerpo expresa lo que las palabras no pueden. Por eso, retratar el cuerpo es contar una historia. En Lugar común (2010), un trabajo que realicé con mi colega Justine Graham, quisimos explicar eso que se repite en Latinoamérica, en especial en Colombia, Chile y Argentina, donde la nana es casi un miembro de la familia, pero nunca llega a serlo verdaderamente”, explica.

Rumié eliminó la jerarquía y vistió a cincuenta parejas de mujeres –empleada y empleadora– de blanco. Les quitó el maquillaje. Las sentó a la misma altura. Mirándose a los ojos. Así, de frente, de perfil y de espalda las fotografió para encontrar puntos en común, a pesar de las diferencias culturales y económicas entre ellas.

 

“Me pregunté qué podía suceder si descontextualizaba a las mujeres de su espacio cotidiano: si le quitaba el Louis Vuitton y el arito Gucci a la empleadora y el uniforme a la empleada. El resultado fue que ambas pasaron a ser dos seres humanos iguales, y eso dejó en evidencia el juego jerárquico que hemos manejado desde la Colonia hasta hoy”.

También hizo un cuestionario. Les preguntó a Elena y a Margarita, a Ana y a Claudia, a Soledad y a Elcira, y a las 47 parejas restantes, no solo sus datos personales, sino también sus lugares favoritos, anhelos, en qué año habían perdido la virginidad, cuál era el libro que estaba en su mesa de noche. Luego, todos esos datos los convirtió en una visualización que publicó en las páginas de El Malpensante y en la revista chilena Paula.

 

El dolor hecho suspiros

Cuatro años después, la artista reapareció con Hálito divino, un trabajo que llegó tras comprender su vocación social. Ahora quería contar la violencia doméstica, pero sin revictimizar a las mujeres y, más bien, empoderarlas. Fue una suma de catarsis, metáfora y abstracción. Una obra que hizo visible en objetos el dolor ante los ojos de una sociedad que prefiere no mirar la violencia.

“Uno sabe cómo empieza un trabajo, pero no tiene ni idea de cómo lo va a terminar. Ni qué va a pasar en el camino. Yo pensaba hacer un muro. En un principio se llamaba Muro de suspiros, como el muro judío de los lamentos. Después, me imaginé a las mujeres soplando en un globo para que el dolor quedara atrapado adentro”.

Pensó en convertir el globo en negativo para hacerlo en cerámica, pero la idea no cuajó. Decidió, mejor, moldear cien vasijas selladas con lacre de diferentes formas, tan diversas como los tipos de mujeres que había entrevistado, tallas únicas como sus cuerpos. Así, cada mujer se identificó con una vasija, en ella sopló su dolor y lo encapsuló. Después coronaron el recipiente con la estatuilla de su propio cuerpo.

 

Las mujeres protagonistas convirtieron su tragedia en una pieza artística. Contaron su lucha metafóricamente, más allá de la parte obscena y cruda de su drama. El dolor se hizo soportable, gracias a la poesía, la pintura y el arte.

Esta obra permitió visibilizar de un modo nuevo una realidad social que afecta a más de 1300 mujeres al año en Colombia, según denuncias presentadas en la Fiscalía. Rumié sacó la violencia de los periódicos y de los chismes de barrio para llevarla al museo.

Volvió coyuntura la violencia estructural y no confirmó lo obvio: no habló de cifras ni de víctimas, sino de historias. Le puso rostro al concepto y voz al dolor.

 

Tejiendo calle

Y es que a Ruby Rumié le gustan los bombardeos: de música, poesía, literatura y teatro. Para ella, esa es la forma de acabar con las murallas de indiferencia que hemos construido.

Pienso que la sensibilidad es como un músculo: hay que utilizarlo para que no se atrofie. Si fuéramos más sensibles no sufriríamos de esa anestesia general que nos impide ver otras formas de lo cotidiano.

Por ejemplo, todo el mundo ha visto a una plenquera, pero nunca su peinado, siempre fuera de vista bajo las pañoletas y palanganas que hacen equilibrio en sus cabezas. Pero ahí debajo, algunas llevan canas trenzadas, otras, un moño recogido y hasta amuletos.

Durante la Colonia, las trenzas de las esclavas indicaban las rutas de escape. En sus peinados escondían monedas de oro para sobrevivir en su fuga. Hoy las palenqueras, si bien no trazan mapas para escaparse en su cabello, sí conservan esos peinados como parte de la herencia cultural. Y eso Rumié quería rescatarlo.

 

“Mi trabajo consistió en reunir a casi cincuenta palenqueras de Cartagena para sacarlas de la postal turística y dignificar su trabajo ancestral, con tanta historia como la ciudad misma. Decidí fotografiarlas de frente y de espalada, no con el típico vestido de la bandera de Colombia, sino con uno blanco de tiro largo y boleros. Yo tuve que desaparecer de la escena para que ellas se mostraran como verdaderamente eran. Hasta dejé de respirar pues, mi trabajo, más que tomar la foto, era ayudar a tumbar esa pose falsa; turística”.

Además de retratarlas, la artista imprimió tres álbumes de estilo victoriano donde compiló las fotografías. Hizo un libro con estampillas de filatelia de los amuletos que las palenqueras guardaban en su pelo y ropa interior. En un mapa dibujó los recorridos que hacen a diario para vender sus frutas, pescados y dulces. Y, para honrarlas todavía más, organizó un encuentro ceremonial en el Bodegón de la Candelaria, una casa de alcurnia roída por el tiempo, ubicada en la ciudad antigua.

“Durante la ceremonia de Tejiendo calle, la parte más significante fue cuando les lavamos los pies a estas mujeres en sus palanganas. Y les arreglamos las uñas. Además, la mayoría eran iletradas. Entonces les escribimos también un poema en esos pies dignos, pero hinchados, cansados, callosos y sucios como un gesto poético. Fue como decirles: estoy a tus pies”, explica.

 

El de Ruby Rumié, en suma, es un trabajo casi dactilar: como el pescado que comían sus nanas de niña, se puede coger con las manos. Y también como ellas, carga la pena y el dolor, lleva asimismo el Caribe en sus costados, y si lo miramos de cerca volvemos a ver todo eso de lo que preferimos no hablar, que hemos hecho invisible, pero que puede cobrar siempre nuevos significados.

 

* Esta entrevista se realizó en el marco de SENSE IV, un espacio temporal que aparece y desaparece en diferentes puntos de la ciudad para vivir experiencias irrepetibles durante un mes, alrededor de un tema de interés común y abordado desde varias disciplinas.

Esta edición fue inspirada en el arte autodidacta, feminista y social de Niki de Saint Phalle, artista francesa considerada como la primera gran artista feminista del siglo XX.

Así, durante un mes se exploró el tema de lo femenino y su poder mediador en la sociedad. Y los participantes reflexionaron, crearon y se movilizaron a partir de la pregunta sobre el papel de la mujer en la sociedad actual y la posibilidad de reinventar el feminismo.

​SENSE es un proyecto de Humanese, un centro de recursos donde se co-crea, se recrea y se evoluciona a partir del arte, la cultura y la sostenibilidad.

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