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La historia de superación de una joven que perdió su brazo y se convirtió en nadadora

Laura Elizabeth Rodríguez Aristizábal perdió su brazo izquierdo por una mordedura de serpiente durante un viaje familiar a unos termales en Antioquia. Tenía 12 años y hoy, a los 23, es nadadora de alto rendimiento.

Por Camila Moreno Gómez
cmoren12@eafit.edu.co

El 1 de enero de 2006, cuando Laura Rodríguez tenía 12 años, viajó con su tía Doris Aristizábal y con su hermana mayor, Jeny Rodríguez, a los Termales del Espíritu Santo en el municipio de Nariño (suroriente de Antioquia). Allí tuvo un accidente que le cambió la vida: la mordedura de una Mapaná transformó su cuerpo para siempre.

Los termales están ubicados en la vereda Puente Linda, a 22 kilómetros de la cabecera municipal. A ellos se accede a través de una carretera destapada, lo cual hace difícil el trayecto de los vehículos. Esta situación ayudó a que el problema fuera mayor.

Para acceder al cañón del río Samaná y a las piscinas se debe caminar, pues los carros no pueden entrar debido a las condiciones del terreno, que es escarpado, húmedo y rocoso.

En la región el clima es caliente y la zona, por su cercanía con un gran afluente, cuenta con bosques y biodiversidad, compuesta de abundante vegetación, flora y fauna: es un paraíso natural donde abunda el color verde.

Pequeña, inocente y aventurera, así describe ella misma a la Laura de aquel entonces. Llegó a la zona con ganas de conocer, nadar y jugar. Quería explorar en profundidad todos los misterios que podía esconder aquel lugar silvestre que estaba visitando por primera vez.

El accidente

A la llegada, su ímpetu juvenil la hizo alejarse de la supervisión de su tía y de su hermana mayor, que se estaban bañando en una de las piscinas de agua natural dispuestas para los turistas. Decidió nadar sola en el río Samaná, que nace en el páramo de Sonsón, en la Cordillera Central, y vierte sus aguas en el río Miel.

Recuerda que allí había mucha gente y que una pequeña niña desconocida se le acercó para pedirle el favor de que le trajera a su perro, un cachorro que se encontraba ladrando, muy alterado, al otro lado del río.

“Quizás esa fue la primera señal. Tal vez el perro percibió que la serpiente se encontraba cerca e intuyó el peligro que ese animal representaba y por eso estaba tan alterado”, comenta Laura.

Cuando fue a coger al animal, la humedad de la tierra la hizo resbalar. Para no perder el equilibrio y no caer al suelo se agarró de lo primero que vio, la rama de un árbol cercano. El débil árbol no soportó el peso de la joven y comenzó a caerse sobre ella. De entre las ramas y las hojas salió una serpiente color marrón que iba con impulso de proyectil directo hacia su cara. Laura actuó rápido y logró cubrir su rostro con su brazo izquierdo, su lado dominante, pues era zurda. La serpiente la mordió repetidamente en el brazo y luego huyó.

Momentos de angustia

Sintió fuertes punzadas y vio su sangre correr: manchas carmesí cubrían enteramente su piel y su traje de baño. Adolorida y asustada salió en busca de ayuda y le pidió auxilio a una pareja que estaba cerca. En ese momento lo único que había en su cabeza era un miedo absoluto.

Lo irónico es que un lugar reconocido por sus propiedades curativas fue donde la salud de Laura se vio tan afectada.

Ana María y Camilo, dos turistas que se encontraban cerca, exaltados por la cantidad de sangre que fluía por las heridas, la sostuvieron y llamaron desde su celular al hospital San Joaquín, el único de Nariño. Una ambulancia ya iba en camino, pero no podía recorrer todo el tramo de carretera destapada debido a las malas condiciones de la vía.

La pareja fue en busca de su moto para llevarla al punto de encuentro con la ambulancia. Le pidieron a alguien que identificara a la tía y a la hermana, y que las alertaran sobre el accidente. No hubo tiempo de avisarles, la situación demandaba acciones rápidas.

Un trayecto doloroso

Dos horas tardaron en llegar al hospital, Laura las recuerda como las más largas y dolorosas de su vida. Sus recuerdos de aquellos momentos son borrosos y confusos, no sabe si perdió el conocimiento o si estaba en un estado de letargo que le impide hacer memoria de lo que ocurrió en el camino.

Describe una picazón intensa en los ojos, un dolor indescriptible, una sensación de que inyectaron en su brazo toneladas de “agua hirviendo”, ardor en la piel, fiebre, mucha sed, mareo, sudoración excesiva, debilidad absoluta, vómito y una incapacidad para mover el área afectada.

“Ana María me decía que no me durmiera, que me quedará despierta, que no me fuera a ir. Yo lo único que quería era descansar, quería que todo el dolor se acabara. Me sentía fatal, estaba al límite y mis fuerzas no me daban para más”, relata.

Llegó al borde de la muerte al hospital del municipio. Allí lo primero que hicieron fue limpiarle las heridas.

En un principio los doctores no creían que el animal que la mordió hubiera sido una serpiente.

“Decían que las serpientes usualmente no son agresivas, que solo muerden como último recurso cuando se ven amenazadas y que lo normal es que solo muerdan una vez. A mí me mordió repetidamente y perforó mi piel de manera profunda”.

Los médicos estaban sorprendidos con el ensañamiento del animal. Procedieron a aplicar el antídoto y la dejaron en observación.

Un veneno letal

Los exámenes concluyeron que fue una Bothrops Asper, conocida como Mapaná Pudridora, la principal causante de muertes por mordedura de serpiente en el mundo. Su nombre da pistas de los temibles efectos que tiene su veneno en las víctimas.

Para ese momento su tía y su hermana habían llegado al hospital, pero no sabían muy bien lo que estaba pasando ni la gravedad del asunto. “Mi tía juraba que a mí me había mordido un perro”, relata Laura entre risas. Su tía le decía en el hospital:

– ¿Pero cuál es el escándalo? ¿Todo este show porque la mordió un perro? No se preocupe mi niña que usted se va a poner bien. ¡Tranquila!

Laura recuerda eso con gracia. Cuatro horas estuvo en el hospital de Nariño. Su estado iba empeorando y se tomó la decisión de trasladarla a Medellín, en un trayecto que demoró más de cinco horas. Llegó al Hospital Pablo Tobón Uribe, una de las instituciones de salud más importantes de la ciudad.

Mapa interactivo: las mordeduras de serpiente en Antioquia

“Mi familia también moría”

“Para mí ese día fue horrible, tal vez el peor de mi vida. No paraba de vomitar, ya tenía el estómago vacío y no podían darme nada de comer, estaba sedienta y no me daban ni agua, ni nada para beber”, recuerda Laura.

A su mamá, que estaba en Medellín, le dijeron que por favor saliera de inmediato para el hospital y que llevara la tarjeta de identidad de Laura.

–Hubo un accidente y la niña está muy mal –le dijo un primo de la niña.

La llegada de sus papás al hospital, Laura la describe como “caótica”.

“Mi mamá estaba lívida. Nadie se hablaba con nadie, me cuentan que en la sala de espera el silencio era absoluto, nadie se atrevía a decir ni una palabra. Yo no era la única que se estaba muriendo, mi familia también moría por dentro ante la incertidumbre”.

La ingresaron a cuidados intensivos, la unidad hospitalaria en donde llegan los pacientes en el más grave estado. El proceso de recuperación y las secuelas que dejó el veneno fueron terribles.

Un duro tratamiento

En su brazo comenzaron a salir úlceras, llagas y ampollas llenas de líquido, su piel se gangrenó y debían realizarle agresivos raspados cutáneos todos los días. Tanto era el dolor que tenían que sedarla con altas dosis de morfina.

“Yo soy delgada, muy menuda. Mi brazo izquierdo se hinchó de manera tal que alcanzó casi el triple de mi peso. Para movilizarme hacia cualquier lado necesitaba de una o dos enfermeras que me ayudaran a cargar el brazo, sola no podía”.

Los papás se aferraban a la esperanza de la recuperación de su hija.

Trajeron a un médico de otra clínica, luego a un sacerdote a que rezara por Laura y le echara agua bendita: estaban convencidos de que solo Dios podría interceder por la salud de la niña.

Finalmente, tuvieron que recurrir a métodos menos tradicionales y contrataron a un yerbatero como su último recurso.

Una noche a Laura le empezaron a doler mucho los pulmones y sus riñones comenzaron a fallar. Debían ponerle una inyección, pero las enfermeras no encontraron venas en donde aplicarla, se dieron cuenta de que su sangre se estaba coagulando.

El corazón se le empezó a detener y tuvieron que ponerle un catéter. Todo iba ya de mal en peor, la salud de Laura cayó en picada.

¿Amputar o no amputar?

Sus órganos vitales estaban fallando, poco a poco su cuerpo dejó de ser su aliado y ya jugaba en contra. El veredicto de lo médicos no era positivo.

Laura notó un cambio en la actitud de la gente a su alrededor, nadie se atrevía a decirle nada y comenzó a preocuparse. Presintió su muerte inminente.

Un psicólogo fue quien le contó que le debían amputar el brazo: “Él me dice que lloré por cuatro horas seguidas sin parar”. A Laura se le quiebra la voz al recordar el momento en el que recibió la dura noticia.

La decisión de amputar se tomó porque ya se estaban comprometiendo los órganos vitales del cuerpo y Laura podría morir.

Hubo que cortar mucho más arriba del codo para detener la infección, y tras una larga cirugía, perdió para siempre una parte de sí.

La intolerancia social

“Es duro”, dice Laura para describir la perdida de una parte de su cuerpo.

Después de la amputación siguió un mes hospitalizada. Esos días fueron relativamente fáciles, pues estaba rodeada de su familia y del ambiente hospitalario, y aún no asimilaba su perdida. Fue cuando salió del hospital y tuvo que reintegrarse a su vida cotidiana que su nueva realidad la golpeó. Las personas cercanas trataron de hacerla sentir normal, le decían que seguía siendo la misma y que nada iba a cambiar. Sin embargo, quienes no la conocían eran diferentes.

“Son muy imprudentes, me hacían preguntas directas, hacían comentarios pesados que retumbaban en mi cabeza, podía oírlos murmurar cuando pasaban cerca de mí y sentía sus miradas fijas en el muñón.”

Volvió a su colegio, la Institución Educativa Caracas, a retomar los estudios. Aunque en general sus compañeros y profesores fueron comprensivos, su vida social sí se vio afectada y fue víctima de los prejuicios sociales. En una ocasión tuvo una pelea con una de sus compañeras de clase y esta le espetó:

–¡Yo prefiero ser como soy a ser una mocha como usted!

Antes del accidente tenía un novio. El joven, quizás por vanidad, no supo tolerar que ella no tuviera un brazo: “Me dijo que yo ya no era normal. Que él había pedido ser mi novio cuando yo tenía dos brazos y que las cosas habían cambiado. Más adelante me lo encontré por casualidad y me pidió perdón, estaba realmente arrepentido”.

Lo más difícil para ella fue el proceso de volver a aprender hasta los aspectos más básicos de la vida cotidiana. Había perdido su brazo dominante y para ella no era fácil realizar las tareas diarias con su lado derecho.

Mejor salud fuera del país

Su mamá tomó la decisión de vivir en Barcelona (España) en 2008, cuando Laura tenía 15 años. Según ella, las prótesis en Colombia no eran buenas y era necesario buscar opciones que le ofrecieran una mejor calidad de vida.

La principal complicación radicaba en que la amputación fue por encima del codo y eso supone una complejidad mecánica que la tecnología biomédica de Colombia no estaba preparada para asumir.

Efectivamente recibió una prótesis mucho mejor que las colombianas, pero, aunque la calidad del sistema de salud era notoria, la adaptación a la vida social era diferente.

Su vida en la región catalana no fue feliz, se le dificultó mucho hacer amigos.

“Yo era diferente a ellos en todos los sentidos. Era una inmigrante latinoamericana, con unas tradiciones y una forma de hablar distintas, y además no tenía un brazo. Los jóvenes no me aceptaron”.

A esto se debe añadir problemas familiares. Su familia se desintegró poco a poco y su madre regresó a Colombia. Laura, que no tenía apegos ni vínculos fuertes que la ataran en España, decidió regresar a su país en el año 2011. Tenía 18 años.

Estudio y deporte, sus motivaciones

Cuando volvió se presentó a la Universidad de Antioquia y comenzó su carrera de licenciatura en Ciencias Sociales. Además, empezó a asistir a las piscinas olímpicas del complejo deportivo del Estadio en Medellín. Ahí conoció a la selección paralímpica de la ciudad y decidió formar parte del grupo.

A sus 18 años se involucró de lleno con el deporte. Debió someterse a entrenamientos diarios, de lunes a sábado, practicaba por horas su nado profesional y se ejercitaba en el gimnasio. Aún lo hace de este modo.

Poco a poco mejoró sus habilidades deportivas y comenzó a competir en torneos regionales. Fue avanzando y participó en torneos de más grande escala. Ha competido en ciudades como Bogotá, Bucaramanga, Cali e Ibagué. Y ha hecho parte de torneos en ciudades como Miami y Cancún.

Uno de sus más grandes triunfos ocurrió en los IV Juegos Paranacionales de 2015, donde fue una de las competidoras más laureadas al ganar cuatro medallas de oro en los 50, 100 y 400 metros libre y 100 espalda.

Su condición física no ha sido impedimento para esta joven que con un solo brazo ha obtenido grandes triunfos y planea seguir escalando hasta convertirse en una reconocida deportista en Colombia y el mundo.

Laura se tatuó cuatro mariposas en su pierna derecha que representan el vuelo que desea emprender para participar en los Olímpicos.

*En la imagen principal, Laura practica su nado libre, como lo hace diariamente, en la piscina olímpica César Zapata, ubicada en el complejo deportivo Atanasio Girardot, en Medellín.

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